Los locales de la calle Echegaray, la mayor parte de ellos,
están cerrados. Persianas bajadas desde hace meses o años, sin avisos de nuevas
aperturas. Pero de forma aleatoria y sin un patrón definido, quedan luminosos
de algunos negocios, el 99% de los cuales dedicados a la hostelería y al digno
oficio de servir copas hasta las 02:00 h. de la madrugada, que iluminan el paso
entre las brumas de la noche fría.
El nuestro, el de las viejas quedadas con prisas y retrasos,
La Venencia, era un viejo almacén de recuerdos y vinos añejos, caldos
cultivados con esmero y servidos a cada cliente con diversas tapas como para
volver cenado a casa, algo achispado, pero tan a gusto (que no a gustito…).
Nos teníamos que ver a las 20.15 horas, en el centro de Madrid
y con lluvia. Mantuvimos la apuesta de llegar primero y curiosamente la gané.
Con la mesa puesta y las dos copas de vino fino, traicionando la costumbre de
un buen “palo cortado”, empecé por saborear la mojama seca pero jugosa que
acompañaba el trago añejo. Mientras devoraba aquel adobo, me dio por recordar
las veces anteriores que nos habíamos visto en aquella calle, en aquel barrio
de Las Letras de Madrid. Caí en la
cuenta, entonces, que de camino, con la moto, vi las piedras y los carros de
fuego de la batalla mal contada, la de la dignidad de un país que se derrumba a
los pies de los leones, pocos metros más allá de la lucha entre vencidos y
vencidos.
Distancias cortas y diferencias extremas: memoria histórica
e hipocresía nacional con el caído defenestrado en la Carrera de San Jerónimo y
al que cae indignado ahora, molerlo a palos, en Sol o en Cibeles. Manipular
mañana para justificar las heridas de los que pegan porrazos acorazados hasta
la vergüenza.
Volvió mi cabeza de nuevo al local añejo donde estaba a
punto de reencontrarme con un amigo al que admiro tanto, como le necesito. Su
calidad humana, su tranquilidad y su experiencia le convierten en una de esas pequeñas
islas donde es posible naufragar de vez en cuando, donde poder huir sin tener
que huir demasiado.
Él, como yo vivimos cojos del lado izquierdo del corazón y de
la cabeza. Los dos soñamos con palabras dialogadas sobre un escenario. Con la
diferencia de que él diseña un mundo que ya ha creado en su totalidad. Cartel
en la puerta de un teatro de su compañía, personajes a escena, crónica de
directores, voz de pequeños, grandes y gigantes que son de muchos lugares del mundo y que se
entienden entre cervezas y guiones en inglés que dan pie a una amistad eterna,
encima y debajo de los escenarios.
Hablamos durante horas. Se nos hizo corto, muy corto. Al
final entre la embriaguez del vino, la buena compañía, los consejos de ida y vuelta y una moto esperando en la puerta, decidimos poner rumbo a casa con el aire cortante y frío de la noche madrileña. Nos dimos un abrazo.
Uno de esos abrazos que Albert Espinosa nombra en su mundo amarillo. Un abrazo de más dos unidades de tiempo y de necesidad. Ambos
lo necesitábamos, lo noté, me lo notó. La promesa,
al menos mi promesa: todos los miércoles que pueda dedicarme a vivir nuestra
amistad. Dejar de hacer lo que debo hacer. Dejar de tener que cumplir el
expediente de la vida. Guardar en el cajón de mi despacho la hoja de servicios tachados.
Quiero hacer lo que me apetece. Ya dije que quería aprender a bailar en
anteriores pensamientos. Lo haré. Pero además quiero ir al teatro, escuchar la
obra de mi amigo en un english pedagógico y contagiarme de sus buenas maneras,
de su buen hacer, de su educación
exquisita. Quedan tan pocas personas de las que fiarte sin fisuras de su
condición humana… Estoy seguro que su grupo amateur de interpretación viven hoy un día especial. Al igual que todos los que amamos el teatro, todos los que amamos la cultura
del actor frente a su público, la relación directa, sin intermediarios ni
gritos de “corten", tenemos hoy marcado en la agenda el día en que reivindicamos que “The show must go on”.
A pesar de todo, y con todo el pesar de quienes nos lo quieren hacer callar. Porque no lo van a conseguir.
Por ese amor incondicional al teatro que hoy tiene su día de referencia mundial, me hago eco de
su trascendencia y su importancia para la expresión de la complejidad humana.
Tal como explica en su mensaje para este Día
Mundial del Teatro de 2014, Brett Bailey*, quien cuestiona que “en esta época en la que tantos millones de
personas luchan por sobrevivir, sufren bajo regímenes opresivos y el capitalismo
depredador, huyen del conflicto y la escasez; en la que nuestra privacidad es invadida
por servicios secretos y nuestras palabras censuradas por gobiernos intrusivos;
en la que se aniquilan los bosques, se exterminan especies y se envenenan los
océanos: ¿Qué nos sentimos impulsados a revelar?”. Yo responderé en mi nombre
que todo lo que el teatro (y su arte hermano, el cine) no denuncie, no será
corregido y todo lo que no sea capaz de crear y mostrar al mundo, no será
inventado, no existirá si no es negocio.
Necesitamos cambiar los escenarios, quizá. Necesitamos cambiar
la función representada, quizá. Pero de lo que estoy convencido es que hay que
cambiar a los actores. Son tan malos que dirigen un pueblo, sin saber ni entender el guión
(es difícil sin sensibilidad y sin leerlo). Son tan malos que no dan pie a otra
cosa que al drama y al terror en medio de las plazas de los pueblos donde solía
haber comedia y comida antes, durante y tras la función. Cada vez tenemos menos
oportunidades para cualquiera de las dos necesidades. Cambiemos a los actores de esta tragedia griega a la española.
De momento, para calmar mis ansias de butaca y escenas, iré
a ver a mi amigo Alfredo Boto y a
sus colegas al teatro para ver la función de su segunda obra como guionista,
ilustrador y actor de reparto. Admiración pura y dura, Alfredo, admiración,
querido amigo.
* Brett Bailey
es un dramaturgo Sudafricano, diseñador, director, realizador de instalaciones
y director artístico del THIRD WORLD BUNFIGHT. Sus obras se han representado en
Europa, Australia y África y han ganado diversos premios, incluida una medalla
de oro al diseño en La Cuatrienal de Praga (2007). Presidió el jurado de la Cuatrienal
de Praga (2011), y fue jurado del concurso ‘Music Theatre Now’ del Instituto Internacional
del Teatro en marzo de 2013.
En
2014 aporta el Mensaje del Día Mundial del Teatro del Instituto Internacional
del Teatro para la UNESCO.
Fuentes:
http://www.alfredoboto.com/
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