martes, 9 de junio de 2020

Te juro que volvería!

Te juro que volvería a ese cuello tres de cada dos veces que pudiera y sería de una dulzura que alteraría tus constantes y mis vitales. 
La niña de Almería que durante una década me dejó el alma llena de jirones, la piel arañada por envites y la personalidad trastocada para siempre. 
Nunca la he olvidado del todo porque fue la última mujer a la que he amado por primera vez.
De vez en cuando, sus carcajadas estridentes, sinvergüenzas y contagiosas me siguen despertando cuando toca el sol la ventana de mi dormitorio. Y me quedo con el gratificante recuerdo de su piel y de su olor que aún hoy me revuelven la nariz y pienso: "yo la viví".
Sus cejas pobladas, su melena oscura y sus curvas moderadas por el paso del tiempo y la exigencia de su trabajo la han hecho más irresistible si cabe a lo que me tenía acostumbrado en la facultad. Ahora, no sé si se acordara de cómo nos encontrábamos, a medio camino entre su casa y mi cuarto, entre su almohada y mi colchón. Entre sus remordimientos y mi culpa. Entre los celos de los dos.
Lo pasamos tan bien en esa etapa, que nos eclipsó algunas partes de las siguientes. Al menos a mi no me quedan dudas que fueron muchos de los mejores días de mi vida. Los que vinieron después, con muchos rayos de sol y felicidad, solo fueron aprendizaje de amarres y nudos marineros que nunca llegaron a buen puerto. 
Pero de alguna forma, todos tenemos lo que nos merecemos. O no. 

miércoles, 15 de enero de 2020

"Arriésgate, ésa es siempre la respuesta"

Lo sentó, acompañándolo con sus brazos y le invitó a caminar poco después, arrepintiéndose de no saber aprovechar mejor el momento con la decisión que había tomado. Los nervios. La inocencia. 
Dieron un largo paseo hasta la orilla del inmenso charco que separaba las dos zonas más oscuras de su barrio. Sabían que pronto les pillaría la noche, a medio camino entre el hambre de la tarde y la preocupación de los deberes para mañana.
Soportaron con honor la violencia de una etapa de su tiempo que no podían más que asumir. Ley de vida. Adolescencia en vena. 
Se quedaron con las ganas de beberse a besos, después de aquella tarde, cada día al anochecer después de las clases del conservatorio del pueblo de al lado, al que ya nunca más volvieron de la misma manera. 
Tras el curso se perdieron el rastro intencionadamente, se resolvieron por la vía rápida los desencuentros y los encuentros frustrados y se juzgaron por no quererse como ellos pensaban que debían ser queridos. 
Se amaron en corto y en silencio, como unas hemorroides mal curadas, sin decirlo ni demostrarlo.
 Con poco de "nosotros" y un mucho de "yo a ti si y tu a mi no".
Lo mejor del cuento es que es universal. No tiene nombres ni apellidos porque tiene el de cada uno que lo quiera leer.
Y si no fue en un conservatorio, fue probablemente en una academia de inglés o en una pista de voleibol.
Al final, en uno de los muros que daba a aquella charca inmensa que dividía el barrio en dos, se pudo leer durante algún tiempo, escrito en letras gigantes: "Di lo que sientes. Arriésgate, esa es siempre la respuesta". Gracias, don Albert Espinosa.
P. D. Al final aprendí a amar mi caos. 

sábado, 4 de enero de 2020

La gracia


La forma en que nos movemos por el mundo y nuestra capacidad para relacionarnos. Nuestros esfuerzos por encajar o por ser aceptado, por ser querido. Nuestra prioridad de ser la prioridad para los demás o para una única persona. Todo en cuestión. Todo en el aire. La emoción y la desesperación por la incertidumbre. 
Ese gusto de tener en la palma de la mano la capacidad de ser o estar. Dentro o fuera. Y mientras, la vida palpitando en las venas del cuello y de la sien. Sintiendo que algo pasa bajo la piel. Una piel caduca y recia. Agrietada de mil formas por la sequedad de vivencias. Subordinada a la necesidad de lo material, la alegría y la felicidad se resienten cuando caen los besos por obligación y los labios saben a cenizas.
Sí, lo sé. Es la típica situación que callan las películas de sobremesa y narran todas las canciones de desamor. La verdad de un bolero que ya nadie baila, porque ahora solo existe el "jujaneo". El aquí te pillo y aquí te follo. 
Y es que las mentiras del cortejo ya no se las cree ni usa ninguna de las partes implicadas en el flirteo. Lo fácil y rápido, si sale bien es rentable. Y a otra cosa. Si no sale bien, la inversión emocional es mínima. El dolor, superable con un par de chupitos. Antes, un par de botellas no te las quitaba nadie. 
Anoche, conocí a alguien que me cambió el rumbo y la costumbre. Me despertó del letargo. Me invitó a una copa de vino blanco y me abrió de par en par las piernas de su casa. Me invitó a pasar. Y pasé. Y a mitad del pasillo que llevaba a su cocina, me pregunté si quedaban más fronteras que cruzar en mi moral. Solo sé que no respondí.
Follamos en casi todas las estancias de la casa, sin apenas tocarnos... ¿O fue, al revés? No lo recuerdo con exactitud, porque total, fue mentira. Aunque, de vez en cuando me mentiré para seguir sin creerme.
Solo sé, que anoche cambié de rumbo. Y de nuevo recuperé la costumbre de escribir sobre ello. Eso es lo que me hace gracia en este inicio de año. Eso y la cantidad de dinero que perdí invirtiendo en una casa con terraza y sin jardín. El sueño de mi vida. La gracia de una época. La forma que tenemos de sobrevivir en este mundo.
P. D. Es la primera vez que hablo de amor y sexo sin utilizar ninguna de las dos palabras. Nos hacemos mayores. 

domingo, 2 de septiembre de 2018

Un verano que duró todo 2017


Él quería decir palabras grandes que sonaran a historia de amor. Ella quería sentir lo que no estaba sintiendo. Él quería un amor de película. Ella, simplemente no quería sentirse absurda.
Ambos mentían a medias y se engañaban con certezas de piel y sudores. Tenían las horas contadas, los días adversos, la dificultad impregnada en el reverso de la mano.

Decidieron creer en un cuarto misterio. Ya estaban ellos dos y la extraña historia que les había llevado a compartir aquellas semanas. Un día más, ¿por qué no? Una noche más no les haría daño.
Una mentira de más. Un suspiro de franqueza a destiempo. Pero el reloj fracasó. La vida no era un verso de Neruda. Era más bien un capítulo de El jugador, de Dostoievski. 

Apostaron. Perdieron y ganaron cuando lo hicieron. Pero pensaron, al tiempo, que quien no arriesga, no gana. Se recuerdan en la distancia.

Se persiguieron durante semanas. Se amaron a escondidas con la fecha de caducidad escrita en los labios y con todo se burlaron de la felicidad y la tristeza a la vez. Las dejaron a un lado en ese momento de ser y estar juntos.
Pero septiembre siempre acaba por llegar y las playas infinitas acaban siendo el reloj de arena más grande del mundo.

Las noches de besos y sexo entre dunas a la luz de la luna, también vencen cuando agosto deja paso al tiempo de las vueltas al cole y a la rutina de la capital.
Se permitieron el lujo de no despedirse. No sabían que esas mismas lágrimas de pre-otoño nunca se derramarían. ¿Para qué?
La historia es que se siguen acordando con la piel erizada ella, cuando él la tocaba por debajo de la falda mientras conducía su coche descapotable de camino a la fiesta que su amigo en común, Maik, organizaba en el chiringuito.

Él se ruboriza y se sonríe con media mueca cuando le viene a la memoria aquella escena lujuriosa en la que se masturbaron mutuamente con tantas ganas que los vecinos tuvieron que llamar a la policia por el griterío, las voces, el escándalo. La envidia, que es muy puta.
Las ganas lo inundaban todo, tanto que no existía el dolor ni el agotamiento. Se volvieron ninfómano y ninfómana durante aquel verano que duró todo un año: 2017.
El año de la garrapata en las entrañas.

viernes, 24 de agosto de 2018

Con los ojos cerrados

No sabía cómo afrontar aquella discusión. Todavía le daba vueltas a lo expresado por ambas partes unas semanas antes, en una situación parecida. Intuía que en algún momento tendrían que poner las cartas boca arriba y descubrir a qué estaban jugando.

Pero esta vez de verdad. Para dar "la puntilla" a "aquello" que habían empezado o salvarlo del naufragio, como otro simple recuerdo más, en el mar de los barcos hundidos. Se dijeron mentiras piadosas hasta el punto de creérselas mutuamente.

Recíprocamente se aceptaron el engaño por el que era tan placentero el hecho de dormir juntos cada lunes y jueves de semanas alternas. Los niños, el trabajo, los entrenes, los amigos, los imprevistos, los desengaños de todo el día, las ganas, la necesidad, la falta de apetito, la gula y el deseo.... Todo ello y alguna historia más a parte, iban marcando la fascinante rutina de una especie de montaña rusa en la que las sensaciones de contradicción y certeza se aunaban en la piel de ambos. Nada es tan seguro como un beso con los ojos cerrados...Pensó él... Y ella!! Pero nunca lo confesarían...

Tras la discusión y el aclaramiento de sus posturas, allá por el mes de diciembre, no hubo más besos entre ellos. Los hubo de otros y otras, incluso con otros y otras... Pero nunca fueron los mismos. Los besos con los ojos cerrados y el latido en la garganta nunca fueron igual, nunca fueron los mismos. Ni mejores, ni peores. Distintos. Con otro sabor, quizá un sabor ya de antes, un sabor conocido, un sabor viejo y envejecido. Quizá fueran los besos que merecían. Quizá, solo quizá fueran los besos a los que tenían que llegar tras la discusión y el golpe de realidad que evidenció aquella discusión de diciembre.

Menos mal que llegó el verano.
Julio y agosto.
Reapertura de alas. Las piernas ligeras. La sonrisa en la cara. El corazón predispuesto. Las manos preparadas. La piel erizada y los poros abiertos. La vida ha llegado para quedarse sin preámbulos ni preliminares. Pensó él.
Sexo sádico, sucio, sincero, sabroso, sonoro, satírico, sobrenatural, soberbio y sano... Pensó ella.
"La vida, que tiene sus cosas de vivir, espero que no acabe nunca..."
Se confesaron ambos, antes de morderse los labios, antes de fundirse en un beso, con los ojos cerrados.

viernes, 11 de mayo de 2018

Puedo aprender

"Píntame la cara con el color de tus labios, bésame sin tiempos, sedúceme con tu paciencia, enamórame sin pretenderlo, víveme con el recuerdo como pretexto, desaparece sin escrúpulos. Ten en cuenta que no te necesito. Solo te quiero. Si quieres, claro. Puedo intentarlo una vez más. Aprender.
Puedo hacerme el tonto un par de veces al año, descongestionar mis entrañas con gemidos extraños alguna que otra noche de ausencias tuyas... Pero si no me demuestras nada más, desapareceré de tu pelo, de tu sonrisa, de tus verbos, de nuestra suite de hotel céntrico... Si no quieres nada más, vuela que ya somos bastantes en esta barcaza que cruza el río. O, ¿a caso crees que esto era un cheque en blanco eterno?"

jueves, 10 de mayo de 2018

"Una intensidad que pocos pueden comprender"

Salió de casa tras ella, persiguiéndola por las escaleras, hacia la calle, pidiéndole por favor que volviera, que volviera a entrar, prometiéndole que no volvería a suceder lo de besarse con los ojos cerrados y arañándose la espalda, apretándose contra la pared y dejándose llevar por la melaza de sus labios mutuos, que no, que nunca más pasaría, pero que entrara por favor... 

Ella, ya estaba en la calle. No escuchó lo que le gritaba él desde el rellano del segundo piso. Estaba ya en la calle, camino del trabajo. Andaba deprisa, con el "taconeo" de sus agujas clavándose sobre la acera de la calle. Firme y a la vez temblorosa, callada y protegida, tras sus gafas de pantalla ancha, de la posible indiscreción, porque sus lágrimas no debía verlas nadie. Fuerte en su debilidad. Queriendo querer y sin remedio para el hastío de no sentir al 200%. 

Él, no bajó a seguirla más allá de su rellano, "¿para qué?" Se preguntaba. Si ella quiere, volverá. Si no, no. No la voy a convencer de nuevo. No la puedo convencer o engañar siempre - se decía a sí mismo, mientras se colocaba bien las mangas y el cuello del pijama. 

Se metió en casa, cerró la puerta, se acostó en la que fuera la cama de los dos y hasta ayer... No se levantó durante meses, no se preocupó de sus plantas y sus animales se murieron de sed de besos y casi también de pena. La vida se respiraba rancia a su alrededor, la caja de la memoria de sus risas parecía llena de polvo, ese polvo gris que obstruye el funcionamiento. Sus ojos, incapaces de ver el cielo abierto y sin nubes en pleno verano, cada vez le daban menos imágenes que procesar y que reconocer amables, seductoras, motivadoras. Se enfrascó en el silencio. Se bebió el tiempo de su segunda adolescencia. (In)Maduró de golpe otra vez, sobre las sábanas, follando de vez en cuando con mujeres de recomendación digital. 

Algunos amigos comentaban entre sí, que había perdido una parte del año, una estación completa de trenes, un bonito amanecer tras otro de sonrisas de otros ojos, que había viajado con el freno de mano puesto por muchas ciudades, que había cambiado las marchas por un piloto automático que le lleva donde no sabe que no está, que había pasado por la vida en estos largos meses de invierno, sin pensar que pasaría de largo la oportunidad, si no abría; la Verdad no le ha preguntado más de dos veces si ha querido o solo era culpabilidad o miedo a estar sólo. 

Cuando despertó, pasados los años de la misericordia y la auto complacencia, descubrió que nunca es tarde para salir de la cueva y gritar con las entrañas que también la quiso y que se le pasó disimularlo. "Juntos hicimos cosas hermosas"; "Lo nuestro fue de una intensidad que pocos pueden comprender", "aunque ya no dormirás junto a mí, te doy las gracias mi vida, porque mi vida siempre tendrá parte de ti"...Sonaba de fondo en la voz rota de Bebe. Su canción "Ganamos" no podía haber mejor himno para el momento de volver a vivir, para pasar página, para renacer desde dentro hacía la vida. 

Una tarde, tras muchos meses, se volvieron a ver por casualidad. Él se paró delante de un escaparate y a través del cristal la vio. Ella, desde dentro, rodeada de gente, miró hacia fuera y entre tanto ruido escucho el silencio de su mirada. Él le sonrió con media mueca. Ella, también. Bajó la cabeza. 

Y siguieron con sus vidas "como siguen las cosas que no tienen mucho sentido".