martes, 9 de junio de 2020

Te juro que volvería!

Te juro que volvería a ese cuello tres de cada dos veces que pudiera y sería de una dulzura que alteraría tus constantes y mis vitales. 
La niña de Almería que durante una década me dejó el alma llena de jirones, la piel arañada por envites y la personalidad trastocada para siempre. 
Nunca la he olvidado del todo porque fue la última mujer a la que he amado por primera vez.
De vez en cuando, sus carcajadas estridentes, sinvergüenzas y contagiosas me siguen despertando cuando toca el sol la ventana de mi dormitorio. Y me quedo con el gratificante recuerdo de su piel y de su olor que aún hoy me revuelven la nariz y pienso: "yo la viví".
Sus cejas pobladas, su melena oscura y sus curvas moderadas por el paso del tiempo y la exigencia de su trabajo la han hecho más irresistible si cabe a lo que me tenía acostumbrado en la facultad. Ahora, no sé si se acordara de cómo nos encontrábamos, a medio camino entre su casa y mi cuarto, entre su almohada y mi colchón. Entre sus remordimientos y mi culpa. Entre los celos de los dos.
Lo pasamos tan bien en esa etapa, que nos eclipsó algunas partes de las siguientes. Al menos a mi no me quedan dudas que fueron muchos de los mejores días de mi vida. Los que vinieron después, con muchos rayos de sol y felicidad, solo fueron aprendizaje de amarres y nudos marineros que nunca llegaron a buen puerto. 
Pero de alguna forma, todos tenemos lo que nos merecemos. O no.