Escaleras al cielo.
Sí, así es. Ves con dificultad a través del cristal de tu salón. Tienes sueño y estás cansado. Encuentras hojas arrugadas encima de la mesa donde dices trabajar. Y cigarros apurados hasta fumarte los dedos. Luego los apagas en una lata de mejillones reciclada, reconvertida para ser cenicero.
Esperarás que caiga la tarde y te desesperarás por no saber aprovechar el tiempo, mientras vas camino de otro cigarro al que darás dos caladas y olvidarás en esa apestosa lata.
Tal vez, después pensarás en bajar a quemar las grasas que te sobran. Pensarás en la mejor opción con miles de variables: rentabilidad temporal, comodidad corporal... Y volverán las oscuras opciones a complicarte la decisión. Eres una maldita duda con piernas y un pulmón lleno de aire negro. También eres un corazón que late con disfunción rítmica y una cabeza con más pájaros que nubes e ideas. Te ilusionas con la brisa y con el final de la brisa te llega el azote de la desilusión. Eres un maldito creyente y un bendito incrédulo. Y viceversa.
Te asomas a los cobertizos de las terrazas de tus vecinos para tener un poco de intimidad. Te gusta mirar la vida que podrías llevar si tus decisiones fueran distintas. Crees que te has equivocado en todas ellas. Siempre elegiste la opción menos correcta. Pero has vivido para poder escoger. Otros no pudieron y aún hoy, en mucho lugares del planeta siguen sin poder hacerlo. Mueren por intentarlo. Mueren por poder escoger la oportunidad, la libertad, el no-silencio ante la opresión.
