Madrid, 27 de abril de 2012
No estarás sola en
Malta
Elena se había ido unos días a
Barcelona, con unas amigas, a pasar unas minivacaciones.
Le debían tantas horas en el trabajo que le dio para tomarse una semana
sabática con Marta y Cristina. Creo que nos iba a venir bien echarnos de menos.
Las discusiones a diario empezaban a crearnos zozobra mutua y recíproca.
Decidí que no quería quedarme en
casa pensando qué estarían haciendo ellas, cómo se lo estarían pasando de bien
y decidí disfrutar también de la oportunidad. Llamé a mi jefe y le propuse
tomarme un descanso después de semanas de intenso trabajo tras las navidades,
las rebajas, los balances anuales, las reuniones de equipo, las individuales…
Busqué plan, destino, vuelo… Todo
muy caro, poco disponible, muy lejos o demasiado cerca, sin parques para
correr, o en el quinto pino de la civilización… Desesperado y aburrido de ver
frustradas mis estrategias de contraataque, decidí darme una tregua, entrar en
Facebook y ver que me decía la gente, qué me aconsejaban y si alguno de mis
colegas también estaba disponible y marcharnos juntos donde fuera.
Tras unos pocos mensajes de
agradecimiento por aceptar solicitudes de amistad, juegos e invitaciones a
eventos a los que nunca asistiré, vi una foto de Sandra, el primer “rollete” de
dos años que tuve en mi vida. ¿Sandra? ¿Qué narices hace escribiéndome Sandra?-
pensé. Hacía mil años que no hablábamos, mil años que no nos acostábamos. Creo
que fue desde que decidió no serle más infiel al tío por el que me dejó… Sí,
creo que fue entonces cuando Sandra dejó de llamarme por las noches y
escribirme por las mañanas, mensajitos
de texto. Facebook y sus extrañas sorpresas. Y ahora, ¿qué podría querer de mí,
la insolente y entrañable Sandra?
- "Ya sé que te va a sorprender ver mi mensaje,
pero es que no hay nadie en quien pueda desahogarme ahora mismo".
La verdad es que era más probable
que la tercera guerra mundial se cumpliera que mi primera ex (“todo”) volviera
a contactarme después de más de diez años.
- "¿Te apetece tomar una taza de café donde
siempre? ¿Recuerdas dónde? Necesito que me ayudes. Es urgente, muy urgente.
Dime que sí, por favor"- continuó su mensaje sin permitirme la negación como
alternativa.
"Ok. A las 10h en el Café del Puerto. No tardes,
ni me hagas esperar, como siempre”.
Fue mi contestación. Breve. Un
momento, después de diez años y como si nada hubiera pasado. Pasado que se
agolpaba contra mi pecho en un microsegundo de realidad surrealista. Sentí
curiosidad relativa por ver cómo estaba, qué tenía que contarme y por qué era
yo el único que la podía ayudar ahora.
Sandra fue esa tormenta de la que
no dejas de acordarte jamás con cada trueno, con cada rayo, con cada
iluminación parpadeante de dos o tres segundos en lo más alto del cielo nublado
de la noche.
Morena, de cuerpo pequeño, como para
llevártela a cualquier lado en el bolsillo. Graciosa cuando quería sacarte la
sonrisa o la mala leche. De ojos achinados y de piel dulcemente tostada sobre
las piedras de las calas de Cadaqués. Sus manos cuando te agarraban, no te
dirigían hacia ningún lado. Por eso a menudo no se dejaba coger, pero si te sorprendía,
te podías dar por atrapado. Para bien o para mal, ella decidía. Sandra era de
caminar libre. Hasta que me cambió por otro a quien tampoco cogería de la mano.
Pero no le guardo rencor, ni
mucho menos por nada de lo que pasó entre nosotros. Es más, creo que lo superé
mucho mejor que el estúpido por el que me sustituyó en manos y besos (y “folleteos” varios). Total, lo único que
hice fue rayarle el coche de arriba abajo un par de veces. ¿Por qué se lo pintaría
una y otra vez? En fin, no lo entiendo. Supongo que aquello del "karma" quedaba
compensado (de alguna manera).
La curiosidad me invadía. Toda la
noche estuve pensando en qué me iba a decir Sandra, cuál sería su secreto. Nada me
involucraba en esta historia suya y sin embargo me había rescatado para esta
película como colaboración especial.
Le pedí su número para poder
localizarnos mejor por Whatsapp y no depender de la conexión que tuviéramos en
el Smartphone para mirar en Facebook. Me dijo que no. Me aconsejó que no intercambiáramos
de momento el número de móvil. Por seguridad, al menos hasta que nos viéramos
al día siguiente por la mañana.
No sabía si preocuparme o
seguirle la corriente en aquella vacilada. Acepté el juego.
Me dormí tan embelesado y
encantado de volver a ver a Sandra, después de tanto tiempo, que se me pasó
llamar a Elena para saber cómo había llegado a Barcelona y si se lo estaba
pasando bien o muy bien. Seguro que el Puente Aéreo no
falla, estará bien seguro -pensé al despertar. Ni un mensaje tranquilizador, ni
una llamada de socorro a la que no podría socorrer, de todos modos. Elena
estaría en plena orgía con hombres musculosos y atractivos y yo no la iba a
molestar en ese preciso momento. Me auto convencí de las razones por las que
debía estar tranquilo y seguir con mis rutinas de despertar soltero. Ya si
eso, luego le escribo –volví a planificar en mi cabeza.
Ducha fría, algo de fruta cortada
a cachitos pequeños y zumo de naranja exprimida sin pulpa. Pijerío máximo y cuidados intensivos.
Dilemas en el armario y peleas con la barba. Cremas revitalizantes que te dan
frescor durante los primeros 15 minutos y después te dejan la cara como la
máscara de Scary Movie o al menos con la misma sensación de “caída de ojos”.
Americana tostada, camisa azul,
blue jeans y mocasines marrones a juego con el cinturón. La gomina y las
corbatas las odio. Siempre que no sea para ir a las cenas de empresa en las que
siempre acabas "atándote" a alguna secretaria de la oficina de recursos humanos. Dios! Cómo me gusta
bailar con esas niñas jovencitas de 20 años que te dejan entrever el movimiento
sensual de sus caderas para que encajes con tus movimientos y tus piernas con
las suyas. Erotismo puro y duro, una y otra vez, bajando suave y subiendo
tierno. Te muestran la forma de hacerlo, te acompañan con la mano hasta donde
quieras llevar la tuya. Malditas corbatas y malditos arrepentimientos. En fin,
sigamos que hoy toca ver a Sandra- me auto impongo con una resignación sonriente
y dulce.
A las 10 horas, puntual como de
costumbre, me encontraba en el Café del Puerto. Sandra llegaba con retraso.
Decidí esperar para pedir, ante la insistencia del camarero. Ya no quedaba
ningún viejo amigo que sirviera mesas de aquellos tiempos en los que veníamos
Sandra y yo a pasar la tarde como dos viejos de 19 años. Las 10:15 horas y no
había señal de Sandra. Veinte minutos más tarde, seguía sin aparecer. Poco
antes de las 11:00 horas miro mi reloj con cierto asco por ver cómo se puede
perder el tiempo con fantasmas del pasado. Decido mirar el móvil, comprobar el
lugar de quedada y verificar que el plantón era monumental, estaba siendo de
los que te marcan una temporada. Pido un café con leche y tostadas con aceite y
tomate. Las 11:30 horas y el estómago anunciando el hambre y el cabreo que me
iba entrando. Al menos, ya estoy desayunado. El plantón no me lo quita nadie,
pero las penas, con pan, como solía decir mi abuelo.
Termino mi desayuno, se acerca un
joven camarero, que disimulaba de forma pésima la discreción que alguien le
había pedido que mantuviera y deja una nota encima de mi mesa. En ella puedo leer:
Vente conmigo a Malta. Es de vida o
muerte. No puedo contarte ahora. Nos vemos esta tarde a las 17 horas en el
embarcadero.
(…)
Si me dices que no, lo entenderé. Pero al
menos deja que te lo explique. Tal vez no volvamos a vernos más. Sé que no
puedo pedirte nada. Pero si alguna vez signifiqué algo para ti, necesito que me
acompañes en este viaje.
Sandra
Aquel tono y
aquella forma de actuar de Sandra empezaban a mosquearme y a acojonarme, lo reconozco. ¿Era una burla muy trabajada? Si era una broma, tenía poca gracia. Si no lo era, tenía menos.
Acepté la
invitación sin que ella lo supiera. Aunque el que realmente no sabía qué estaba
aceptando con aquella decisión, era yo.
(...)