viernes, 28 de febrero de 2014

Escaleras al cielo

Escaleras al cielo.


Sí, así es. Ves con dificultad a través del cristal de tu salón. Tienes sueño y estás cansado. Encuentras hojas arrugadas encima de la mesa donde dices trabajar. Y cigarros apurados hasta fumarte los dedos. Luego los apagas en una lata de mejillones reciclada, reconvertida para ser cenicero.

Esperarás que caiga la tarde y te desesperarás por no saber aprovechar el tiempo, mientras vas camino de otro cigarro al que darás dos caladas y olvidarás en esa apestosa lata.
Tal vez, después pensarás en bajar a quemar las grasas que te sobran. Pensarás en la mejor opción con miles de variables: rentabilidad temporal, comodidad corporal... Y volverán las oscuras opciones a complicarte la decisión. Eres una maldita duda con piernas y un pulmón lleno de aire negro. También eres un corazón que late con disfunción rítmica y una cabeza con más pájaros que nubes e ideas. Te ilusionas con la brisa y con el final de la brisa te llega el azote de la desilusión. Eres un maldito creyente y un bendito incrédulo. Y viceversa.

Te asomas a los cobertizos de las terrazas de tus vecinos para tener un poco de intimidad. Te gusta mirar la vida que podrías llevar si tus decisiones fueran distintas. Crees que te has equivocado en todas ellas. Siempre elegiste la opción menos correcta. Pero has vivido para poder escoger. Otros no pudieron y aún hoy, en mucho lugares del planeta siguen sin poder hacerlo. Mueren por intentarlo. Mueren por poder escoger la oportunidad, la libertad, el no-silencio ante la opresión.


Pero a ti eso te queda lejos. Sólo piensas en tus patitas y en relamerte de vez en cuando, dándote pena. Y cuando llega el frío de la noche te metes en el nido de tus cigarrillos, letras quebradas, frustraciones perennes y la desesperación se duerme a tus pies. Despertarás en mitad de la madrugada y al ver desierta tu cama, llenarás de garabatos las paredes y de gritos tus páginas.

Te bañaras en tus infusiones de relajantes hierbas que antes fumabas. La edad te ha hecho más moderado en los arranques de visceralidad. Te has convertido en lo que temías. Te has convertido en el ser mediocre que evitabas ser y que nadie pudo remediar.

Algún día subirás las escaleras que hoy admiras porque te llevan más cerca de la paz. Algún día las bajarás de un salto. Y te convertirás en la portada de los periódicos que ya no existen más que en tu mundo irreal. Te irás buscando el cielo de la importancia y la notoriedad y saldrás escaldado por el olvido del 99% de la gente que dirá conocer tu nombre. Dejarás huérfanos de hijo a tus padres y hermanos y a algún amigo que se compadeció de tus mediocridades.

No serás ni siquiera el referente que pretendías. Morirás sabiendo que has perdido el tiempo y la ocasión de ser quien querías ser. Te convertirás en la mancha de un libro de familia que fue impecable hasta tu nacimiento.

Eso pasará.

O puedes pelear. Puedes hacer todo lo contrario y ser todo lo opuesto a lo que te acabo de contar en que te convertirás. Puedes luchar para no ser tú. Ser alguien a quien la decadencia endulza. Alguien que sabe caer en el pozo de la vejez con ternura y se perpetúa en la memoria como alguien que se dejo la piel por intentarlo. Las puertas no se abren solas, calles no se barren sin humildad y los recuerdos no aparecen de la nada.

Debes romper el miedo a sentir, necesitas arrancar el precinto de aquellos viejos esfuerzos que aún están por estrenar. Baja a la calle. Cálzate de nuevo tus deportivas de “runner”. Rompe a ritmo de pisadas neutras y sobre el asfalto las distancias de tu realidad y tus sueños. Conviértete en lo que eres, conviértete en lo que sueñas. Busca en los arroyos de los ríos que dejas bajo tus pies, la mentalidad de quien un día alzo la vista y llegó más lejos.
        Insisto, rompe el precinto de los esfuerzos que olvidaste y dejaste en las baldas de tu despensa junto a otras cosas que merecen la pena compartirse. Come millones de latas de mejillones y tíralas después de usarlas.

Tu decides. O luchas todos los días o mueres lentamente desde lo alto de las escaleras que te llevan al cielo.



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