Noche. Noche cerrada, de principios de primavera que se adelanta en el calendario varias semanas. Ya empieza a sentirse el desapego al frío de mediados de enero. Me estaba esperando desde hacía un buen rato. Yo llegaba tras un buen rato de ejercicio, llamémosle así a jugar un partido de fútbol, del que ya queda poco fútbol y más bien lo que queda está todo partido. Además el día fue funesto de intenciones llevadas a cabo: papeleos, recados a primera hora de la mañana que no acaban de cuadrar en mi mente improductiva y de vacaciones y hora y media de bicicleta por el paseo marítimo luchando contra el reloj, huyendo del hastío social y tratando de encontrarme de nuevo para escribir los encargos pendientes. Pero ahora era la hora de la noche. Relax.
Me recibió en su mar de libros, que embravecido por el desorden de sus misterios y obligaciones, permitía que azotara con las olas de títulos de diversos años, sus momentos de soledad y compañía, sus momentos de intensidad, de independencia, de miedo.
No la imaginaba así, pero fue mejor que en mis mejores visualizaciones de ella en mi cabeza. Sabía que era pequeña, intuía cierto carácter rebelde, de su sonrisa perfecta nada puedo matizar, con cara de niña y con cuerpo de adolescente, su mentalidad era la de una luchadora, que ha sabido luchar. Tenía la piel tatuada hasta el corazón. Lo recuerdo porque en algunas de esas fotos publicadas que no me gustaban demasiado de su perfil, veía la inspiración manchando sus piernas y su muñeca izquierda. Otras de sus fotos magníficas, no las puedo dejar de mirar ni aún con los ojos cerrados. Son pura atracción, imán para las letras que pueblan mis manos y mi estructura mental.
Ahora la veo, la recuerdo cerca de mí, a pocos centímetros de compartir la noche que sigue siendo joven para los dos y con su ropa de estar por casa, cómoda, desenfadada, sonriendo, tranquila, preciosa, perfecta, con sus gafas de pasta y su botella de agua, con el modo relax en pleno funcionamiento, atrayéndome con sus historias, con sus anécdotas y sus inquietudes. Me invade y me acomoda a su lado. Me siento tan tranquilo que es como si la conociese de toda la vida. Me encanta. La encontré en una huida hacia delante que compartimos. Me encantaría saber quién es y dónde ha estado todo este tiempo. La descubriré en el camino a casa, mientras escribo estas palabras, que ahora pienso y me gustan.
No hay más, pero tampoco quiero menos. Es otra "amarilla" que ha escarbado con sus pies de runner en la malaria de mi curiosidad y aunque todo fuera una ráfaga de viento en una tarde oscura de febrero, sus consejos y sus muecas me llenarán las páginas de marzo o abril. Después ya veremos. Siempre quedan muchas carreras que correr, muchos kilómetros a los que enfrentarse, algún entrenamiento que compartir, algunas bicicletas que pagar a plazos, pero sobre todo lo que nos queda es escuchar juntos música se Saint-Germain entre vasos de agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario