Un chispazo enciende las luces apagadas de esta ciudad, tan maldita y tan hermosa que me da asilo laboral y nostálgico. Madrid, tan grande y tan lejos de ser en lo que te quieren convertir. Museo de grandes derrotas y de todavía mayores triunfos. Aquí me tienes, con lo que me cuesta y aquí me tienes.
Los arandeles pagados para llegar hasta aquí, los dejé encima de la cómoda de mi habitación, en casa de mis padres, 435km a la derecha del mapa, desde el punto en que ahora escribo. Pero esos arandeles abonados por adelantado, cada vez que me toca subir a un tren, a un autobús o a un avión y dejar mis raíces donde me crié, de algún modo me hacen fuerte, me convierten en lo que seré tarde o temprano. Y no por eso dejan de doler en ciertos momentos, los pinchazos de la melancolía y la distancia, del miedo, del vacío, del adiós.
Cada vez que vuelvo a casa, llego con alegría; me mantengo con cierta tranquilidad los primeros días y acabo necesitando volver a mi rutina, lejos del hogar paterno y materno, creyendo que por eso seré más mayor, creyendo que por eso me haré de una vez por todas más maduro. Pero nada de eso es verdad. A los 20 metros de haber arrancado el tren, de haberse puesto en marcha el autobús o de haber despegado el avión, quiero volver para abrazar otra vez a mis padres, necesito sentir que aún conservo en este mundo a alguien que no me fallará nunca. Aquellas islas de sinceridad de las que tanto habla en sus libros Albert Espinosa. Personas que son islas, islas que lo son de sinceridad... Cuánto bueno me ha dado Albert Espinosa y como llegó a través de una de sus fans más leales y que a su vez es mi primera "amarilla"/ isla de sinceridad. Más que Rosa, eres Manuel, en mi historia, en mi mundo irreal.
Pero volviendo a los primeros que no me han fallado nunca, mis padres, ellos son quienes han iniciado el camino hacia delante. Su respeto, su lealtad, su valor,... sus valores y su forma de transmitirlos, a través del ejemplo y la sencillez, a través de la lealtad y la confianza mútua y plena, es lo que me mantiene en pie. Y ahora que llega el final de febrero y llego justo de fuerzas, siento que necesito los Besos, en mayúscula y eternamente suaves de mi madre y los abrazos con los ojos cristalinos que mi padre me regala. Necesito en los últimos días de este maldito mes, el peor mes del año, un último chispazo para volver a encenderme y no encontrar resquebrajada mi zona de comfort, allí donde la tenga alquilada este mes.
Me cuesta asimilar el gusto amargo en estos días que le quedan a febrero de la derrota de mi "yo" mayor y responsable. Sigo siendo un crío, de 30 años, pero un crío. Me he ido lejos, más lejos de lo que nadie de los míos ha ido jamás. He roto las barreras, espero, para una familia demasiado trabajadora y humilde, que no pobre, porque siempre hemos tenido lo necesario para ser felices y seguir soñando con tener más. Hay quienes no tienen esa suerte, lo tienen todo y sólo les queda quedarse con lo que no es suyo para tener algo novedoso que añadir a sus arcas, cuentas o inventarios.
Pero en un último regreso a casa, retomando mis cuestas de febrero y a lo que no quiero dejar de mirar de frente, con atención y con ganas de superarlo, es a mis temores. Quiero superar febrero por mis propios méritos y llegar a marzo vivito y a abril coleando, por mis "saber hacer", por mi incapacidad ante la claudicación.
Llevo días escribiendo sobre las circunstancias actuales que me rodean: niveles máximos de exigencia, análisis desde arriba y por debajo, mediciones de perspectivas, futuro, afectividad y ensoñación. Entiendo que explicadas las carencias admitidas de talento y de memoria, suplo a éstas con trabajo, tesón y positivismo. Animación y seguimiento, objetivos de media tarde y mes entero a punto de no cumplir. Revolución en la sauna donde pienso tras 6 horas de trabajo, 2 horas de ejercicio y unas cuantas conversaciones que me ilusionan y me desilusionan por igual y por momentos.
Y de repente me doy cuenta de que el tono me ha cambiado otra vez, ya no escribo con pena, ni tampoco con alegría, escribo porque me encuentro entre mis palabras, me desahogo, me evado, me revuelvo entre las mantas de mis pensamientos más gatunos y mis ideas más felinas. Pienso en grande, quizá no sé hacer otra cosa que pelearme con las almohadas y con las letras. Soy un vago de mente, un tozudo de orgullo y un altivo de vida. Me gusta presumir, soy curioso e inconstante, atiendo a las personas con mi mejor sonrisa, contagio mis energías, cuando no me las arrancan tras una puñalada trapera, a todas las gentes que se cruzan por mi camino. Y si no consigo cambiarles el gesto, al menos les regalo un motivo para hacerlo: reírse de mí, burlarse del estúpido que va siempre con la cara alegre, caiga la que caiga y con la que está cayendo, no es poca cosa.
Me da igual, mientras mis padres me sigan abrazando y me sigan dando besos, volveré a casa de vez en cuando, sobre todo a final de mes, sobre todo en febrero que es un mes tan malo para los que nos da por sonreír a pesar de todo y al mirarnos al espejo hacemos reír a nuestro "yo " más pequeño que sólo busca paz y comprensión para salir a jugar de vez en cuando, con permiso para usar nuestro cuerpo de adulto/mayor.
Cuántas sonrisas quedan por descubrir en los espejos...sonriámonos en ellos!
jueves, 20 de febrero de 2014
Los espejos y los Besos de fin de mes
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