No sabía cómo afrontar aquella discusión. Todavía le daba vueltas a lo expresado por ambas partes unas semanas antes, en una situación parecida. Intuía que en algún momento tendrían que poner las cartas boca arriba y descubrir a qué estaban jugando.
Pero esta vez de verdad. Para dar "la puntilla" a "aquello" que habían empezado o salvarlo del naufragio, como otro simple recuerdo más, en el mar de los barcos hundidos. Se dijeron mentiras piadosas hasta el punto de creérselas mutuamente.
Recíprocamente se aceptaron el engaño por el que era tan placentero el hecho de dormir juntos cada lunes y jueves de semanas alternas. Los niños, el trabajo, los entrenes, los amigos, los imprevistos, los desengaños de todo el día, las ganas, la necesidad, la falta de apetito, la gula y el deseo.... Todo ello y alguna historia más a parte, iban marcando la fascinante rutina de una especie de montaña rusa en la que las sensaciones de contradicción y certeza se aunaban en la piel de ambos. Nada es tan seguro como un beso con los ojos cerrados...Pensó él... Y ella!! Pero nunca lo confesarían...
Tras la discusión y el aclaramiento de sus posturas, allá por el mes de diciembre, no hubo más besos entre ellos. Los hubo de otros y otras, incluso con otros y otras... Pero nunca fueron los mismos. Los besos con los ojos cerrados y el latido en la garganta nunca fueron igual, nunca fueron los mismos. Ni mejores, ni peores. Distintos. Con otro sabor, quizá un sabor ya de antes, un sabor conocido, un sabor viejo y envejecido. Quizá fueran los besos que merecían. Quizá, solo quizá fueran los besos a los que tenían que llegar tras la discusión y el golpe de realidad que evidenció aquella discusión de diciembre.
Menos mal que llegó el verano.
Julio y agosto.
Reapertura de alas. Las piernas ligeras. La sonrisa en la cara. El corazón predispuesto. Las manos preparadas. La piel erizada y los poros abiertos. La vida ha llegado para quedarse sin preámbulos ni preliminares. Pensó él.
Sexo sádico, sucio, sincero, sabroso, sonoro, satírico, sobrenatural, soberbio y sano... Pensó ella.
"La vida, que tiene sus cosas de vivir, espero que no acabe nunca..."
Se confesaron ambos, antes de morderse los labios, antes de fundirse en un beso, con los ojos cerrados.
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