Salió de casa tras ella, persiguiéndola por las escaleras, hacia la calle, pidiéndole por favor que volviera, que volviera a entrar, prometiéndole que no volvería a suceder lo de besarse con los ojos cerrados y arañándose la espalda, apretándose contra la pared y dejándose llevar por la melaza de sus labios mutuos, que no, que nunca más pasaría, pero que entrara por favor...
Ella, ya estaba en la calle. No escuchó lo que le gritaba él desde el rellano del segundo piso. Estaba ya en la calle, camino del trabajo. Andaba deprisa, con el "taconeo" de sus agujas clavándose sobre la acera de la calle. Firme y a la vez temblorosa, callada y protegida, tras sus gafas de pantalla ancha, de la posible indiscreción, porque sus lágrimas no debía verlas nadie. Fuerte en su debilidad. Queriendo querer y sin remedio para el hastío de no sentir al 200%.
Él, no bajó a seguirla más allá de su rellano, "¿para qué?" Se preguntaba. Si ella quiere, volverá. Si no, no. No la voy a convencer de nuevo. No la puedo convencer o engañar siempre - se decía a sí mismo, mientras se colocaba bien las mangas y el cuello del pijama.
Se metió en casa, cerró la puerta, se acostó en la que fuera la cama de los dos y hasta ayer... No se levantó durante meses, no se preocupó de sus plantas y sus animales se murieron de sed de besos y casi también de pena. La vida se respiraba rancia a su alrededor, la caja de la memoria de sus risas parecía llena de polvo, ese polvo gris que obstruye el funcionamiento. Sus ojos, incapaces de ver el cielo abierto y sin nubes en pleno verano, cada vez le daban menos imágenes que procesar y que reconocer amables, seductoras, motivadoras. Se enfrascó en el silencio. Se bebió el tiempo de su segunda adolescencia. (In)Maduró de golpe otra vez, sobre las sábanas, follando de vez en cuando con mujeres de recomendación digital.
Algunos amigos comentaban entre sí, que había perdido una parte del año, una estación completa de trenes, un bonito amanecer tras otro de sonrisas de otros ojos, que había viajado con el freno de mano puesto por muchas ciudades, que había cambiado las marchas por un piloto automático que le lleva donde no sabe que no está, que había pasado por la vida en estos largos meses de invierno, sin pensar que pasaría de largo la oportunidad, si no abría; la Verdad no le ha preguntado más de dos veces si ha querido o solo era culpabilidad o miedo a estar sólo.
Cuando despertó, pasados los años de la misericordia y la auto complacencia, descubrió que nunca es tarde para salir de la cueva y gritar con las entrañas que también la quiso y que se le pasó disimularlo. "Juntos hicimos cosas hermosas"; "Lo nuestro fue de una intensidad que pocos pueden comprender", "aunque ya no dormirás junto a mí, te doy las gracias mi vida, porque mi vida siempre tendrá parte de ti"...Sonaba de fondo en la voz rota de Bebe. Su canción "Ganamos" no podía haber mejor himno para el momento de volver a vivir, para pasar página, para renacer desde dentro hacía la vida.
Una tarde, tras muchos meses, se volvieron a ver por casualidad. Él se paró delante de un escaparate y a través del cristal la vio. Ella, desde dentro, rodeada de gente, miró hacia fuera y entre tanto ruido escucho el silencio de su mirada. Él le sonrió con media mueca. Ella, también. Bajó la cabeza.
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