miércoles, 15 de enero de 2020

"Arriésgate, ésa es siempre la respuesta"

Lo sentó, acompañándolo con sus brazos y le invitó a caminar poco después, arrepintiéndose de no saber aprovechar mejor el momento con la decisión que había tomado. Los nervios. La inocencia. 
Dieron un largo paseo hasta la orilla del inmenso charco que separaba las dos zonas más oscuras de su barrio. Sabían que pronto les pillaría la noche, a medio camino entre el hambre de la tarde y la preocupación de los deberes para mañana.
Soportaron con honor la violencia de una etapa de su tiempo que no podían más que asumir. Ley de vida. Adolescencia en vena. 
Se quedaron con las ganas de beberse a besos, después de aquella tarde, cada día al anochecer después de las clases del conservatorio del pueblo de al lado, al que ya nunca más volvieron de la misma manera. 
Tras el curso se perdieron el rastro intencionadamente, se resolvieron por la vía rápida los desencuentros y los encuentros frustrados y se juzgaron por no quererse como ellos pensaban que debían ser queridos. 
Se amaron en corto y en silencio, como unas hemorroides mal curadas, sin decirlo ni demostrarlo.
 Con poco de "nosotros" y un mucho de "yo a ti si y tu a mi no".
Lo mejor del cuento es que es universal. No tiene nombres ni apellidos porque tiene el de cada uno que lo quiera leer.
Y si no fue en un conservatorio, fue probablemente en una academia de inglés o en una pista de voleibol.
Al final, en uno de los muros que daba a aquella charca inmensa que dividía el barrio en dos, se pudo leer durante algún tiempo, escrito en letras gigantes: "Di lo que sientes. Arriésgate, esa es siempre la respuesta". Gracias, don Albert Espinosa.
P. D. Al final aprendí a amar mi caos. 

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