Él quería decir palabras grandes que sonaran a historia de amor. Ella quería sentir lo que no estaba sintiendo. Él quería un amor de película. Ella, simplemente no quería sentirse absurda.
Ambos mentían a medias y se engañaban con certezas de piel y sudores. Tenían las horas contadas, los días adversos, la dificultad impregnada en el reverso de la mano.
Decidieron creer en un cuarto misterio. Ya estaban ellos dos y la extraña historia que les había llevado a compartir aquellas semanas. Un día más, ¿por qué no? Una noche más no les haría daño.
Una mentira de más. Un suspiro de franqueza a destiempo. Pero el reloj fracasó. La vida no era un verso de Neruda. Era más bien un capítulo de El jugador, de Dostoievski.
Apostaron. Perdieron y ganaron cuando lo hicieron. Pero pensaron, al tiempo, que quien no arriesga, no gana. Se recuerdan en la distancia.
Se persiguieron durante semanas. Se amaron a escondidas con la fecha de caducidad escrita en los labios y con todo se burlaron de la felicidad y la tristeza a la vez. Las dejaron a un lado en ese momento de ser y estar juntos.
Pero septiembre siempre acaba por llegar y las playas infinitas acaban siendo el reloj de arena más grande del mundo.
Las noches de besos y sexo entre dunas a la luz de la luna, también vencen cuando agosto deja paso al tiempo de las vueltas al cole y a la rutina de la capital.
Se permitieron el lujo de no despedirse. No sabían que esas mismas lágrimas de pre-otoño nunca se derramarían. ¿Para qué?
La historia es que se siguen acordando con la piel erizada ella, cuando él la tocaba por debajo de la falda mientras conducía su coche descapotable de camino a la fiesta que su amigo en común, Maik, organizaba en el chiringuito.
Él se ruboriza y se sonríe con media mueca cuando le viene a la memoria aquella escena lujuriosa en la que se masturbaron mutuamente con tantas ganas que los vecinos tuvieron que llamar a la policia por el griterío, las voces, el escándalo. La envidia, que es muy puta.
Las ganas lo inundaban todo, tanto que no existía el dolor ni el agotamiento. Se volvieron ninfómano y ninfómana durante aquel verano que duró todo un año: 2017.
El año de la garrapata en las entrañas.
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