domingo, 13 de abril de 2014

Judith y su explicación

"La noche era de vinos, de ganas de charlar hasta la madrugada y promesas para no vernos más. No es el mejor inicio para una velada, lo sé. Pero era de contrastes y eso éramos él y yo, puro contraste. Nuestra forma de colmar una buena racha tempestades juntos era con un adiós y con suerte un adiós para siempre. Saxo y sexo convergían irremediablemente entre copas de vino con regusto y sabor a garnacha. De barrica y peleón como el origen de todas las grandes cosas que pasan en la vida. Un "balón" de vino y una caña de cerveza de tirador. Sofisticada y de barrio. Estirada y sencillo. A la sombra de otras historias mejores que contar, esta no era mala del todo, para vivirla.

Él me quería con toda la energía que era capaz de reunir entre su cabeza y su pecho. Yo le quería por cómo me había ganado. Me encontró y me dejé encontrar cuando lo único que rondaba mi mente era evolucionar y crecer en mi profesión, en mis aspiraciones, lo que siempre quise ser.  El baile en la cama, en muchos casos, era lo de menos pero no estaba nunca de más.
Ciudad tras ciudad, trabajo tras trabajo, mudanza tras mudanza, acabamos en la misma casa. Compartíamos 30 metros cuadrados y un proyecto que parecía más sólido que los diques de contención de cualquier guerra.



Pero las guerras acaban, los diques se desmontan. El agua de mar lo invade todo en un Tsunami de adiós.
El contraste es gracioso por la novedad. Te saca de tus casillas pero te motiva. Cuando te quitan la razón tienes que pelearla, justificar tus pensamientos, invitar al otro a tu razonamiento. O seducir a través de otras mentiras. Pero o te lo curras o mueres en el diván sin poesía que toda relación tiene al final del camino.

Nos pasó. A él le entraron las prisas por quererme deprisa y con todo. Yo me sentía sola cuando viajaba a su lado de país en ciudad, de ciudad en país. Sin rumbo, sin ganas. Sola. Le quería porque le quería, no porque le quisiera. Ya me entendéis vosotras. Y vosotros, también me entendéis.

Existe un momento en que todo pasa de rojo intenso a rosa nadeshiko y luego fundido a negro. Sin más pasos. O todo o nada. Es el lema de las mujeres de hoy en día. Las nuevas mujeres. Esas que salimos a correr 10, 15, 30 km como quien va a la compra, a diario. Las mujeres somos tan osadas y capaces de todo que hemos ido y vuelto de las antípodas del feminismo. Nos hemos creado, con ayuda de algunos calzonazos que han creído en nuestras reivindicaciones más incluso que nosotras mismas, un nuevo tipo de mujer.  Esas "nuevas mujeres" que creen y crean la tendencia de ir de sport, tan sport como los hombres a los que criticábamos en el instituto, por ser unos garrulos. A esos hombres a los que corregimos y les enseñamos las cremas anti arrugas, les educamos en la estética del metrosexual y que muchas mujeres han dejado abandonado en el stand de los milagros anti grasa de El Corte Inglés.

A unos les gusta más amar la trama, a otros les gusta más dejarse llevar por el desenlace. Pero todos buscan lo mismo. Y ahora nosotras nos hemos dejado llevar por la mala educación de ellos.

Imaginas que recuperarás la pasión algún día al pasar por la misma calle en la que te empezaste a preguntar por qué. Cuestión de magia, herencia de los clásicos re-adaptados de Disney.  Pero no. Llegas al orgasmo con lo justo, raspando el aprobado. Te acuestas, con el halago de honor y el microsegundo de conversación que te permita llegar a mañana y que no ofenda su sensibilidad masculina.

Y así llegas a final de mes o hasta final de año. O no. Porque las mujeres tenemos eso de aguantar. Pero las mujeres ya no somos lo que éramos. El romanticismo es cosa de ellos. A nosotras nos va el fútbol. A ellos les van las manifas contra la ley del aborto y a nosotras nos va quemar contenedores en las protestas por el cierre de las minas asturianas... Nadie sabe nada. Nadie es nada de lo que era en los cuentos de las princesas con que nos infra-educaron.
Y es que el amor es educación. Por eso, chocar con otras educaciones, nos descoloca, nos atrae, nos repele, nos motiva, pero no pasa desapercibido para el que vive despierto... Por eso a él le gustaba la cerveza y a mi el vino. Por eso, la educación que tuvimos no nos ha permitido querernos de la misma forma. Hubo respeto en mayúsculas hasta el final. Luego un adiós cortés. Sin pena ni sin orgullo. Hasta en eso hemos aprendido de los hombres, a mentir y que no lo parezca. Él seguro que dirá lo mismo, pero al revés."

Capítulo "Judith y su explicación"
de COSAS QUE PIENSO CUANDO CORRO
P:D: No me he vuelto mujer. Y lo remarco con las comillas, ...por si acaso. Besos y abrazos.

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