viernes, 16 de mayo de 2014

No estarás sola en Malta

                                                                                          Madrid, 27 de abril de 2012

No estarás sola en Malta

Elena se había ido unos días a Barcelona, con unas amigas, a pasar unas minivacaciones. Le debían tantas horas en el trabajo que le dio para tomarse una semana sabática con Marta y Cristina. Creo que nos iba a venir bien echarnos de menos. Las discusiones a diario empezaban a crearnos zozobra mutua y recíproca.
Decidí que no quería quedarme en casa pensando qué estarían haciendo ellas, cómo se lo estarían pasando de bien y decidí disfrutar también de la oportunidad. Llamé a mi jefe y le propuse tomarme un descanso después de semanas de intenso trabajo tras las navidades, las rebajas, los balances anuales, las reuniones de equipo, las individuales…
Busqué plan, destino, vuelo… Todo muy caro, poco disponible, muy lejos o demasiado cerca, sin parques para correr, o en el quinto pino de la civilización… Desesperado y aburrido de ver frustradas mis estrategias de contraataque, decidí darme una tregua, entrar en Facebook y ver que me decía la gente, qué me aconsejaban y si alguno de mis colegas también estaba disponible y marcharnos juntos donde fuera.
Tras unos pocos mensajes de agradecimiento por aceptar solicitudes de amistad, juegos e invitaciones a eventos a los que nunca asistiré, vi una foto de Sandra, el primer “rollete” de dos años que tuve en mi vida. ¿Sandra? ¿Qué narices hace escribiéndome Sandra?- pensé. Hacía mil años que no hablábamos, mil años que no nos acostábamos. Creo que fue desde que decidió no serle más infiel al tío por el que me dejó… Sí, creo que fue entonces cuando Sandra dejó de llamarme por las noches y escribirme por las mañanas, mensajitos de texto. Facebook y sus extrañas sorpresas. Y ahora, ¿qué podría querer de mí, la insolente y entrañable Sandra?

-                       "Ya sé que te va a sorprender ver mi mensaje, pero es que no hay nadie en quien pueda desahogarme ahora mismo".

La verdad es que era más probable que la tercera guerra mundial se cumpliera que mi primera ex (“todo”) volviera a contactarme después de más de diez años.

-              "¿Te apetece tomar una taza de café donde siempre? ¿Recuerdas dónde? Necesito que me ayudes. Es urgente, muy urgente. Dime que sí, por favor"- continuó su mensaje sin permitirme la negación como alternativa. 

                   "Ok. A las 10h en el Café del Puerto. No tardes, ni me hagas esperar, como siempre”.

Fue mi contestación. Breve. Un momento, después de diez años y como si nada hubiera pasado. Pasado que se agolpaba contra mi pecho en un microsegundo de realidad surrealista. Sentí curiosidad relativa por ver cómo estaba, qué tenía que contarme y por qué era yo el único que la podía ayudar ahora.
Sandra fue esa tormenta de la que no dejas de acordarte jamás con cada trueno, con cada rayo, con cada iluminación parpadeante de dos o tres segundos en lo más alto del cielo nublado de la noche.

Morena, de cuerpo pequeño, como para llevártela a cualquier lado en el bolsillo. Graciosa cuando quería sacarte la sonrisa o la mala leche. De ojos achinados y de piel dulcemente tostada sobre las piedras de las calas de Cadaqués. Sus manos cuando te agarraban, no te dirigían hacia ningún lado. Por eso a menudo no se dejaba coger, pero si te sorprendía, te podías dar por atrapado. Para bien o para mal, ella decidía. Sandra era de caminar libre. Hasta que me cambió por otro a quien tampoco cogería de la mano.
Pero no le guardo rencor, ni mucho menos por nada de lo que pasó entre nosotros. Es más, creo que lo superé mucho mejor que el estúpido por el que me sustituyó en manos y besos (y “folleteos” varios). Total, lo único que hice fue rayarle el coche de arriba abajo un par de veces. ¿Por qué se lo pintaría una y otra vez? En fin, no lo entiendo. Supongo que aquello del "karma" quedaba compensado (de alguna manera).

La curiosidad me invadía. Toda la noche estuve pensando en qué me iba a decir Sandra, cuál sería su secreto. Nada me involucraba en esta historia suya y sin embargo me había rescatado para esta película como colaboración especial.
Le pedí su número para poder localizarnos mejor por Whatsapp y no depender de la conexión que tuviéramos en el Smartphone para mirar en Facebook. Me dijo que no. Me aconsejó que no intercambiáramos de momento el número de móvil. Por seguridad, al menos hasta que nos viéramos al día siguiente por la mañana.
No sabía si preocuparme o seguirle la corriente en aquella vacilada. Acepté el juego.  

Me dormí tan embelesado y encantado de volver a ver a Sandra, después de tanto tiempo, que se me pasó llamar a Elena para saber cómo había llegado a Barcelona y si se lo estaba pasando bien o muy bien. Seguro que el Puente Aéreo no falla, estará bien seguro -pensé al despertar. Ni un mensaje tranquilizador, ni una llamada de socorro a la que no podría socorrer, de todos modos. Elena estaría en plena orgía con hombres musculosos y atractivos y yo no la iba a molestar en ese preciso momento. Me auto convencí de las razones por las que debía estar tranquilo y seguir con mis rutinas de despertar soltero. Ya si eso, luego le escribo –volví a planificar en mi cabeza.

Ducha fría, algo de fruta cortada a cachitos pequeños y zumo de naranja exprimida sin pulpa. Pijerío máximo y cuidados intensivos. Dilemas en el armario y peleas con la barba. Cremas revitalizantes que te dan frescor durante los primeros 15 minutos y después te dejan la cara como la máscara de Scary Movie o al menos con la misma sensación de “caída de ojos”.

Americana tostada, camisa azul, blue jeans y mocasines marrones a juego con el cinturón. La gomina y las corbatas las odio. Siempre que no sea para ir a las cenas de empresa en las que siempre acabas "atándote" a alguna secretaria de la oficina de recursos humanos. Dios! Cómo me gusta bailar con esas niñas jovencitas de 20 años que te dejan entrever el movimiento sensual de sus caderas para que encajes con tus movimientos y tus piernas con las suyas. Erotismo puro y duro, una y otra vez, bajando suave y subiendo tierno. Te muestran la forma de hacerlo, te acompañan con la mano hasta donde quieras llevar la tuya. Malditas corbatas y malditos arrepentimientos. En fin, sigamos que hoy toca ver a Sandra- me auto impongo con una resignación sonriente y dulce.
A las 10 horas, puntual como de costumbre, me encontraba en el Café del Puerto. Sandra llegaba con retraso. Decidí esperar para pedir, ante la insistencia del camarero. Ya no quedaba ningún viejo amigo que sirviera mesas de aquellos tiempos en los que veníamos Sandra y yo a pasar la tarde como dos viejos de 19 años. Las 10:15 horas y no había señal de Sandra. Veinte minutos más tarde, seguía sin aparecer. Poco antes de las 11:00 horas miro mi reloj con cierto asco por ver cómo se puede perder el tiempo con fantasmas del pasado. Decido mirar el móvil, comprobar el lugar de quedada y verificar que el plantón era monumental, estaba siendo de los que te marcan una temporada. Pido un café con leche y tostadas con aceite y tomate. Las 11:30 horas y el estómago anunciando el hambre y el cabreo que me iba entrando. Al menos, ya estoy desayunado. El plantón no me lo quita nadie, pero las penas, con pan, como solía decir mi abuelo.

Termino mi desayuno, se acerca un joven camarero, que disimulaba de forma pésima la discreción que alguien le había pedido que mantuviera y deja una nota encima de mi mesa. En ella puedo leer:

Vente conmigo a Malta. Es de vida o muerte. No puedo contarte ahora. Nos vemos esta tarde a las 17 horas en el embarcadero.
(…)
Si me dices que no, lo entenderé. Pero al menos deja que te lo explique. Tal vez no volvamos a vernos más. Sé que no puedo pedirte nada. Pero si alguna vez signifiqué algo para ti, necesito que me acompañes en este viaje.

Sandra


Aquel tono y aquella forma de actuar de Sandra empezaban a mosquearme y a acojonarme, lo reconozco. ¿Era una burla muy trabajada? Si era una broma, tenía poca gracia. Si no lo era, tenía menos.
Acepté la invitación sin que ella lo supiera. Aunque el que realmente no sabía qué estaba aceptando con aquella decisión, era yo. 

(...)

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